Mario Hernández

Papelera de Reciclaje #7

jueves 26 abril 2018

“Tantos caídos, tantos perdidos sin dejar el menor rastro. Escribir ahora… es como lanzar piedras a un lago dormido”. Lo dice el protagonista de Un día en la vida de Iván Denísovich, bella y terrible obra maestra de Alexandr Soljenitsin, que recoge veinticuatro horas dentro del infierno de los gulags soviéticos. Y sabía lo que decía, lo que escribía: él estuvo allí.

Escribir ahora… es como lanzar piedras a un lago dormido. Piedras a un lago dormido. La frase me persigue como un fantasma, me arropa por las noches y me da los buenos días por la mañana, alcanzándome una taza de café. Lanzar piedras a un lago dormido, me dice, dando vueltas a la cucharilla. Chas. Chas. No hay azúcar, así que te he puesto panela. Chas. Un lago dormido.

Y claro. Me siento al ordenador. A escribir. A intentarlo. Y ahí está. La hijaputa. Mirándome desde el marco de la puerta. La frase, digo. Escribir ahora… susurra. Lo deja en el aire, la frase no termina la frase, si es que esta línea tiene ya de por sí algún sentido o estoy para que me metan en un psiquiátrico. O en Tele5. Los hombres y las mujeres y las viceversas y los viceversos lanzándose burradas en horario infantil, y la frase contemplándoles, el gesto descreído, el ceño cínico. O quizá es triste. Es como lanzar piedras a un lago dormido, les suelta. Y la Jesi y el Jonatán se quedan ojipláticos. Tarumbas.

Abro la ventana para fumarme un cigarro con el café de después de comer, pero la frase sigue ahí, se ha puesto una mantita y unos calcetines gordos. Tan pichi. Un lago dormido, apunta, observando mi colección de “sherlockholmes”. Y así estamos todo el día, desde hace ya unas semanas, ella a su rollo y yo al mío, yo intentando escribir y ella intentando transmitirme algo que no termino de entender, pero que, como todo lo que no terminas de entender, ahí se queda contigo, agarrado del cuello, creándote malestar y zozobra. Qué bonita palabra, le digo a la frase. Zozobra. Pero ella pasa. Escribir ahora…

Ahí ando, dándole a la tecla a las dos de la mañana, cuando el silencio me guía y me invita a llenarlo de palabras, de historias, de sueños. Tantos caídos, tantos perdidos sin dejar el menor rastro… Ya parece que declama, la puñetera. Laurence Olivier tumbado en mi sofá, martilleándome con una sola frase, no to be or not to be, ni now is the winter is coming, ni the rest is silence. No. Tantos perdidos. La vista se me va a mi abuelo, una foto con sus compañeros teatreros de la prisión provincial de Córdoba, enero del 41. Tantos caídos. Sin dejar el menor rastro.

Al carajo. Así no hay quien escriba. Me acuesto, me pongo a leer, ese ratito antes de dormir que para mí es sagrado, si no leo aunque sea un poco me duermo intranquilo, el descanso es incompleto, la mente no se me desconecta del todo. Pero en cada página, ahí está. Impasible, incansable. Escribir ahora… No le estampo el libro en la cabeza porque… bueno, porque no. Es difícil estamparle un libro en la cabeza a una frase. Inténtenlo, y verán. Jodío. Apago la luz, me amoñigo en las sábanas, dándole vueltas. Sólo puedo pensar en por qué escribir ahora. Por qué. Para qué. Y recuerdo la foto de mi abuelo, esa otra de él,  muchas vidas después, con mi hermano y conmigo y su mujer. Y recuerdo también las noticias que hemos visto la frase y yo al mediodía, aperitiveando unos Fritos y un vermú, y la tele de los sálvames y aquel gesto de boda de barrio que le hizo el Ministro de Cultura a la Vicepresidenta de la Academia del Cine en los Goya en plan Ya si eso si eso ya.

Enciendo la luz y miro a la frase, que me observa, apoyada en un almohadón. Escribir ahora… Claro que ahora. Ahora más que nunca. Y apago la luz, y me duermo.

Despertemos ese puto lago. A pedradas.

 

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