El ritmo inventado

miércoles 19 julio 2017

El ritmo es la música inventada por los humanos. La armonía la inventa la naturaleza.

Que me perdonen los músicos por esta apreciación, lo digo en serio. No pretendo caer en falsas teorías que aúnen a los que saben. Los que saben, porque saben, nunca estarán de acuerdo.

En la música y en la danza como especialidades artísticas es más sencillo observar la importancia del ritmo. Son espectáculos rítmicos y sin el ritmo no son nada.

¿Y el teatro? ¿Y la literatura? ¿Podemos alejarnos de la idea de que son artes plenamente rítmicas?

He oído que la música electrónica basa sus revoluciones por minuto en los latidos del corazón. El objetivo musical de compartir compás con el corazón del oyente es casi romántico. No confundamos con TODA la música electrónica (ni de cualquier tipo). Entendedme, mierdas hay en todas partes incluso en tiempos de Mozart.

Imagino que como en la vida, confundimos el ritmo con la velocidad. Y en la vida, como en el flamenco el ritmo parece aleatorio. Y el teatro debería compartir cierto ritmo con la vida. Aleatorio y firme.

Una página, otra, otra más, ¿otra? ¿Cuánto dura este monólogo? ¡Le falta ritmo! Pues lo haré más rápido. ¡Está muy rápido, no me entero de nada! ¿Entonces qué? Dale ritmo.

El ritmo tiene momentos eternos. Nos empeñamos en medirlo porque lo hemos creado y claro, ¿cómo dejar que sea el corazón el que marque algo que ya hemos entendido con la cabeza?

Hay ritmo en todas partes y queremos encontrarlo. Quizás dominarlo. Tenemos un problema cuando queremos entenderlo y matematizarlo. El ritmo, muy sorprendentemente, hay días en que nos mueve y en que nos paraliza.

Yo no sé de ritmo y ya que este blog me permite reflexionar en voz alta hablaré de algo que no sé.

¿Cuál es el ritmo del ser humano? ¿Se puede medir? ¿Qué reglas sigue?

Lo particular es particularmente interesante. La primera vez que oí a Janis Joplin me ocurrió. ¿QUÉ es esto? Jamás había escuchado algo parecido. Y era Rock. Y era Blues. Y era Jazz. Y era Folk. Había oído todos esos géneros pero jamás había oído un ritmo llamado Janis. Ni uno llamado Joplin.

El ritmo propio y particular que intentan imitar los demás. El ritmo único y particular de una actriz que entiende a Rosaura o a Laurencia de una forma personal. Ese ritmo aleatorio y perfumado de individualidad. Ese ritmo maravilloso.

Hay ritmos de los que somos esclavos. Y que, lamentablemente, sabemos cuándo acabarán. Hay otros que no; ritmos maravillosos e inestables que pierden el compás para ganar nuevos tempos.

Un, dos, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve DIEZ.

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