Redescubrir el fuego

viernes 17 febrero 2017

 

Año 2010. La escritora alemana Helene Hegerman publica unas memorias que se convierten en top de ventas. A mucha gente le apasionan. Pocos meses después un bloguero descubría que se trataban de un plagio en toda regla. La autora pedía perdón en un comunicado y se disculpaba y confesaba su “error”. Reconocía que sí, que había copiado de un lado y de otro.

El debate es la originalidad. Cuántas veces hemos oído esa pregunta acerca de si es posible seguir siendo original cuando todo está escrito y contado. (Es tan machacona como aquella de si un árbol se cae en un bosque y no hay nadie allí para verlo ¿emite algún sonido?)

Cuántas veces el autor se enfrenta a esta disyuntiva: tengo una historia pero seguro que alguien en algún rincón del mundo ya la ha escrito o revelado antes. ¿Podemos ser originales, entonces? Y más aún, ¿No es todavía más imposible la idea de ser original en los tiempos de internet y del Big data?

Estaría bien apostar por aquello que anhelaban Duchamp o Erik Satie de “vivir sin memoria” pero nuestra época nos lo impide. Todo queda grabado, almacenado, codificado, transcrito con luces y taquígrafos y, -en efecto-, puentearlo con la desmemoria es descabellado. Así que yo me quedo con el término acuñado por M. Perloff de que hoy no existen genios sino genialidad no original.

De entrada cercenemos cualquier posibilidad de ser originales. Quizá sea bueno para los que escribimos el hecho de conseguir adaptarnos a esta nueva terminología como el que se adapta a una válvula cardiaca o a un marcapasos tras una operación.

Me gustaría poder considerarme un genio no original. Es gratificante.  Perloff dice que lo que hacemos es mover información, simplemente. Cuando escribimos. Movemos información de un lugar a otro. Vasos comunicantes. Reciclamos y sampleamos palabras, ideas, tomamos enormes cantidades de datos, somos intertextuales, nos apropiamos de algo que nos ha conmovido, y todo esto lo empaquetamos en forma de obra de teatro, por ejemplo. Reconozcámoslo. Actuamos así. Sea este proceso más o menos consciente, por él pasamos todos. ¿Qué separa realmente a la falta de originalidad en el mundo de la escritura de la falta de originalidad en el mundo de la pintura, de la escultura, de la videocreación, la música o incluso de la Ciencia? Asumámoslo ya: Nadie es original.

¿No estamos todos obligados a caer en aquello que Gertrude Stein aborrecía: el emocionalismo imitativo? Sí. Imitamos aquello que nos emociona al leerlo, al verlo, al escucharlo –quizá porque algún día lo hemos soñado. Quizá porque nuestro inconsciente se materializa en personajes e historias mil veces contadas ya. Ansiamos ser originales pero las mejores historias no son originales: están ahí y hay que saber reconstruirlas, levantarlas y echarlas a andar. El amor, la muerte, el sexo, el paso del tiempo. Son invariables desde que alguien descubrió el fuego –y ni siquiera ese descubridor fue original. El fuego estaba ahí, aguardando pacientemente su hallazgo.  Escribir es algo así como redescubrir el fuego una y otra vez.

Basta ya de inocular el veneno de la creatividad. Pienso en si la idea de la creatividad se ha vuelto tan cicatera como la idea de la felicidad y si no existe ya un flagrante paralelismo entre los que pregonan que hay que sonreír y ser optimista en libros de autoayuda para encontrar la felicidad y aquellos otros que pregonan que solo la creatividad y la originalidad pueden salvarnos o redimirnos cuando escribimos.

Creo que el cien por cien de los textos que leo no son originales pero muchos de ellos sí poseen ese genio de la no originalidad y eso es fantástico del mismo modo en que lo es no buscar la felicidad a toda costa. La paradoja es también evidente: Cuanto más permiso nos damos para no ser originales, más geniales somos. Cuanto más permiso nos damos para ser infelices, más felices somos.

Por cierto, a propósito de la escritora alemana Helene Hegerman, la plagiadora top de ventas: Incluso tras haber confesado que había copiado de un lado y de otro y que sus ideas no eran originales, su libro fue seleccionado como finalista en la categoría de ficción en la feria del libro de Leipzig. Hegerman se defendió argumentando que ella era parte de otra generación. La generación de internet que con libertad coge y emplea elementos del torrente de información para crear así una obra nueva. Y mirando a la cámara me la imagino diciendo lo que dicen que dijo: “La originalidad no existe, solo lo auténtico”.  Seámoslo. Eso. Auténticos. Más vale autenticidad que ciento volando.

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