Ángel de Quinta

BlaBla
(cuento de Navidad por la A4)

viernes 22 diciembre 2017

 

Algunas veces pienso que las personas sólo deberíamos hablar en tres ocasiones concretas. Una para pedir de comer, otra para pedir de beber, y la tercera, para decir que algo nos duele, pero sólo cuando nos duela mucho. Todo lo demás me parece tan inútil en ciertos momentos…

Sucedió una mañana de invierno, para ser exactos la mañana del veintitrés de diciembre, que una chica esperaba en la puerta de su edificio a que un coche la recogiera para llevarla al pueblo donde pasaría las vacaciones de navidad. Lugar de origen: Madrid, barrio de Aluche. Destino: Almodóvar del Río, Córdoba.

Sus pies se estaban empezando a congelar cuando miró por cuarta vez el reloj del móvil y por novena el WhatsApp y el Messenger no fuera a ser que hubiera alguna novedad quince segundos después de la última vez que lo abrió. Ya habían pasado ocho minutos de la hora fijada con el conductor y se estaba empezando a inquietar. Era la primera vez que viajaba con éste, aunque ya había hecho uso antes de los servicios de la compañía BlaBlaCar, concretamente el verano anterior. Pero el chico que la llevó entonces no estaba disponible.

El color del cielo se unía al del asfalto componiendo un tono entre neblina y ceniza, mitad por el temporal que acechaba, mitad por la contaminación que parecía cubrirlo todo con un velo fino. Qué frío por dios, qué hartura de ciudad, qué día más desangelao, y si por lo menos nevara sería una estampa tan navideña… Paso de estampas navideñas ni pollas en vinagre. No aguanto la navidad y me niego a sucumbir a todo lo que nos impone.

Ahí llega, no, ese no es. Uff, con el madrugón que me he dado para estar lista a tiempo. No siempre era tan nerviosa, ni siquiera cuando estaba a punto de salir al escenario solía alterarse demasiado, pero estas fechas, el viaje que le quedaba por delante, el inminente reencuentro con la familia, volver de nuevo sin nada nuevo que contar, una vez más… Son sólo cinco días, el 28 a las 11´00h. la llevaría de vuelta otro con el que ya había contactado.

Y este capullo que no viene, y el amigo muy amigo más que amigo, vamos como si fuera hermano de Miguel del Arco que no pía sobre el casting de la semana que viene, y venga de mirar el móvil a ver si hay noticias. Pero nada. Si lo sigo encendiendo y apagando me quedo sin batería antes de llegar a Despeñaperros. Ahí está, no, ese tampoco es, ¿y entonces por qué me mira tanto el tío anormal? ¿Cómo puede estar la gente tan salida con este frío joder?

La próxima vez me bajo en AVE. De eso no hay duda, será en verano y ya habré estrenado la función que será un exitazo y me habrán pagado una pasta, y habré dejado ya el puto trabajo en el catering, y habré dejado la compañía de animación infantil y ya no seré más una payasa por dinero, que mira que me gustan poco a mí los niños y los payasos. Siempre odió el circo, los niños y las bodas, y hoy por hoy eran los tres pilares en los que se sustentaba su maltrecha economía. Ni que decir tiene que el día antes no le tocó ni lo metido en la lotería. Valiente mojón de la Manolita esa, con la cola que me tuve que tragar.

Puso el equipaje en el portamaletas, tiró un par de bolsas en el asiento de atrás (una de la tienda Tiger con regalos para sus sobrinos y otra de La Violeta, que a ver quién era el valiente de presentarse en casa sin llevarle caramelos a su abuela). Cosa más viejuna de tienda por dios. Y lo que cuestan los joíos caramelos, ni que fueran diamantes, se dijo la mañana antes cuando estaba rematando las últimas compras mientras en la radio del establecimiento cantaban el premio gordo.

Se sentó en el asiento del copiloto sin quitarse el abrigo ni la bufanda, y sin darse cuenta de que no había otro pasajero, sólo ella, bueno, y el conductor. ¿Solos los dos hasta el final del viaje? ¿De verdad que no había que recoger a nadie más? Por lo visto el tercero se había levantado con un gripazo de muerte, o eso dijo. A ver de qué hablo yo con este tío con la cara de simple que tiene. Cuando en realidad ni siquiera se había detenido a mirarle la cara.

De lo que le ha costado llegar hasta allí con el tráfico que hay, del frío que hace, a ver si llueve que no se puede parar en Madrid de respirar mierda, que menos mal que la Carmena está metiendo mano a lo de la circulación en el centro, que así es que no hay quien viva. De otro año que nos vamos de vacío en la lotería, pero al menos hay salud y trabajo, y que no falte. ¿Te gusta la música? ¿Quieres que la cambie? No te preocupes, la música está bien. De tan alterada que iba tampoco reparó en lo que estaba sonando. Puedes quitarte el abrigo ¿eh? Lo raro que suena que un tío al que acabas de conocer te diga que te quites algo. Pero estaba a punto de desmayarse del calor y tampoco se había dado cuenta de que la calefacción estaba a tope. El dinero del curso de mindfulness como si lo hubiera tirado al caño, cada vez menos consciente de su realidad inmediata y más preocupada por todo lo demás.

Bla, bla, bla… ahora entendía el porqué del nombre de la agencia esa. Hablar cuando no tienes ganas ni nada interesante que decir, pereza por dios. A la altura de Aranjuez ya habían agotado tema rozando asuntos de política (hasta ese punto exacto en el que todos estamos de acuerdo y nadie se pringa en nada), de trabajo (de que hay que ver lo mal que está todo), de que él era programador informático por cuenta propia y compartía coche para ahorrar en gasolina, de que ella era actriz en paro aunque no paraba de currar en cosas diversas. ¿Actriz? ¿Te he podido ver en alguna serie? Porque al teatro, la verdad, no voy mucho. Se habría tirado en marcha en el preciso instante en que le dijo esas palabras. Series, ay las putas series. Ya había perdido la cuenta de los castings a los que se había presentado desde que llegó a Madrid hace ya ¡cuatro años! Muchas gracias bonita, ya te llamaremos.

Y alguna vez la llamaron, pero para papelitos en los que sólo hacía de bulto, un bulto decorativo, poco más. Microteatro, mucho microteatro. Qué ganas de estar en una obra larga con sus tres actos y su intermedio. Qué ganas de poner el pie en un teatro como dios manda, con su buen telón y sus butacas numeradas, de hacer “macroteatro” por una vez en su vida. Cuando pasaban por Valdepeñas volvió a mirar el WhatsApp para corroborar una vez más que no le decían nada de la prueba para la función que empezaba a ensayarse en enero y en  la que había un papel perfecto para ella -por el que comería mierda si hiciera falta, toda esa mierda que te desean antes de salir a escena, que hay que ver el asco que me da cuando la gente dice eso joder, mucha mierda pa ti, mamón-, cuando comprobó que se quedaba sin batería, normal.

Entonces sucedió que el conductor le ofreció un cargador de esos que se conectan al mechero del coche, y para ella fue como si le acabara de regalar un bolso de Gucci. Por primera vez reparó en sus manos. En la que manejaba el volante y en la que cogía su Smartphone para enchufarlo al sistema. Déjalo hombre, que nos vamos a matar, ya lo pongo yo. Siempre había sentido cosas cuando alguien tocaba algo suyo, refiriéndonos a algún objeto personal, se entiende. Manos grandes, firmes, uñas limpias y cuidadas (sin anillo por ningún lado). La de puntos que acababa de ganar aquel fulano aquella mañana de invierno en medio de aquella carretera. Observó sus muslos, recios dentro de unos vaqueros desgastados, sus zapatos pisando los pedales (nada extraordinario, botines de los que llevan todos ahora), y, haciéndose la distraída, miró de reojo un rostro en el que ni había reparado aún. Acto seguido se miró ella misma en el espejo retrovisor. Qué careto por dios, el trabajo que me habría costado pintarme un poquito esta mañana.

¿Quieres que paremos para estirar las piernas y tomar algo? Un café me refiero, o lo que sea.

Al volver al coche muertos de frío ya parecían amigos. Aunque él no paraba de hablar, ella empezaba a meter baza en la conversación. Se reían con cualquier chorrada, el camarero y  la lotería del niño que les quería endosar, el cd de El Fary en el expositor, la cesta de navidad con una lata de melocotón en almíbar y una Honda de 125cc -más todo lo que pueda caber en medio- que aún no había retirado su ganador. Hablaron de qué les esperaba en el sur. De quién. Y así supo que bajaba a ver a su hijo, al que no le tocaba recoger hasta fin de año pero quería darle un regalo y pasar un rato con él antes de nochebuena. Un niño de 11 años viviendo a cuatrocientos kilómetros de su padre, los ojos empañados justo antes de cambiar de tema.

Rozando Bailén empezaron a caer gotas sobre el parabrisas. Eran como copos de nieve de lo poco que parecían pesar. En la radio sonaba el White Christmas de Michael Bublé, mira qué es empalagosa la música de navidad. ¿Quieres que la cambie? No, déjala, no importa. Claro que importaba, le importaban todos los sueños que había alimentado escuchando canciones navideñas, viendo películas navideñas, historias de amor con el skyline de Nueva York y la voz de Louis Armstrong de fondo. Sueños rotos, o al menos escacharrados en este momento de su vida. Joder, con lo bien que me estaba cayendo este tío y ahora va y resulta que tiene mochilón. Si es que estoy sembrá.

A pocos kilómetros de Córdoba, donde él se quedaba, insistió en llevarla a la estación de autobuses. Todavía faltaba un buen rato para llegar a casa. Volver a casa. Sentimientos peleando por dentro, deseando y temiendo a la vez. Como siempre que iba sus padres convocaban a medio pueblo a recibirla, hermanos, cuñados, sobrinos, algún primo… todos los que seguían sin verla en las series ni en el teatro. Los que no entendían qué carajo hacía malviviendo en Madrid con lo bien que se estaba allí. Y por la noche le esperaban sus amigas de toda la vida que habían retrasado la comida de navidad hasta que ella llegara. Si pudiera te juro que me acostaba nada más llegar. Para colmo Marta iba a anunciar su compromiso durante la cena. Otra boda, otro vestido, otro pastón en complementos y regalos, otra despedida de soltera. Otra vez aguantar el “tú para cuándo” de los cojones.

La llovizna se había vuelto persistente llegando a la capital y él se ofreció de corazón –pocos caballeros quedan oye- a acercarla hasta su punto de destino. Total son veinte kilómetros mal contaos mujer, de verdad que no me importa.

Así fue como aquellos dos extraños llegaron juntos hasta la misma puerta de su domicilio bajo un chaparrón de los que ya no se recuerdan, y así fue como se despidieron apresuradamente mientras ella cogía su equipaje del portamaletas y él le deseaba feliz navidad desde el coche con el motor en marcha. Entre besos y abrazos -siempre había algún gracioso que le cantaba el vuelve a casa vuelveee…-, entre palabras y risas superpuestas en el recibidor de su casa, tenía la sensación de no haberle agradecido lo bastante el detalle de acompañarla hasta allí, la sensación de que se había dejado algo en aquel BlaBlaCar, algo que le hacía mucha falta. Tenía ganas de llorar, pero no lo hizo, menuda era.

Y sucedió que, un rato después, en medio del almuerzo familiar, un hombre bajo un paraguas negro llamó al timbre de su casa, y ella, con el corazón a punto de salírsele por la boca le abrió y, justo después de fijarse en su sonrisa -joder qué sonrisa tiene el cabrón- reparó en las bolsas de Tiger y de La Violeta que llevaba en la mano. Y se quedaron riendo y charlando un instante bajo aquel paraguas, y a ella le recordó mucho al final de Mujercitas –valiente cursilada de película- y el final de cien películas cursis, románticas, de mil canciones de amor que había desterrado hacía tiempo y que de pronto parecían volver para quedarse.

Sí, hicieron el camino de vuelta juntos el día 28. Pero esta vez no eran dos en la carretera, sino tres, les acompañaba un niño de once años. Y luego llegarían muchos, muchos más kilómetros juntos charlando o callados, mirando la vida los dos a través de un parabrisas.

Y fueron felices, y comieron de todo porque hoy se come de todo en todas partes y a muy buenos precios. Pero, siento decirlo, el amigo muy amigo de Miguel del Arco nunca llegó a llamarla para aquel casting que tanto le importaba. Aunque ¿sabes que te digo? ni puta falta que hizo.

 

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Comentarios sobre BlaBla
(cuento de Navidad por la A4)
Por Fran el domingo 24 diciembre 2017 a las 09:34:06  

Precioso cuento de Navidad, amigo del alma.????

Por Ángel Luis de Quinta Garrobo el martes 26 diciembre 2017 a las 08:02:25  

Ya puedes ir quitando esos signos de interrogación. Amigo del alma con exclamación!! jejejeje Me alegro de que te guste. Un abrazo enorme y Feliz Navidad!!

Por Ángel Luis de Quinta Garrobo el viernes 29 diciembre 2017 a las 19:51:54  

Acabo de ser informado de que los signos de interrogación son corazones según el cambio de sistema de los Iphone!! jajajajaja

Por Paco Dolz el domingo 24 diciembre 2017 a las 10:31:50  

Genial as usual Angel. Gracias por compartir tus historias con nosotros. Feliz Navidad!.

Por Ángel Luis de Quinta Garrobo el martes 26 diciembre 2017 a las 08:04:29  

Muchas gracias amigo Paco!! La de historias que me quedan aún por compartir… hasta aburriros!! jeje Un abrazo grande.

Por Susana el martes 26 diciembre 2017 a las 17:11:11  

Qué bonito Ángel !
Qué miedo nos da mirar, tocar, sentir, o sea, todo lo que nos ata a la vida.
Estoy deseando leer más

Por Ángel Luis de Quinta Garrobo el viernes 29 diciembre 2017 a las 19:52:59  

Verdad! Hasta que llega el momento en que perdemos el miedo, aunque costar cuesta un rato jejejeje Un abrazo cariño, y gracias!

Por Raquel el miércoles 27 diciembre 2017 a las 07:29:27  

¡Me ha encantado! Me ha parecido como si conociese a los personajes. Muy bien narrado y con ese arte de Quinta que te caracteriza. ¡Te quiero!

Por Ángel Luis de Quinta Garrobo el viernes 29 diciembre 2017 a las 19:55:06  

Es que mientras curramos y viajamos juntos yo no dejo de recoger información de lo que me rodea, lo archivo y luego siempre aparece algo en algún relato. Así que… cuidadito!! jajajajaja Un abrazo cariño

Por Marta montoya el jueves 28 diciembre 2017 a las 10:26:30  

Angel me ha encantado leerlo, sobretodo porque mientras lo leia era como si estuvieses contandolo a nuestro lado…… Por otro lado bonito tema «el amor q viene cuando menos te lo esperas». Muchas gracias» corazon» por tu ratito de cuento

Por Ángel Luis de Quinta Garrobo el viernes 29 diciembre 2017 a las 19:56:44  

Cuando menos te lo esperas…ummm, de eso sabemos algo no?? jejejeje Qué alegría de que me leas, pero sobre todo qué alegría más grande verte así de feliz. Un abrazo enorme

Por Carlos Martín Gaebler el jueves 10 mayo 2018 a las 07:49:42  

Angel, esta mañana me he desayunado con tu estupendo cuento navideño. Me ha encantado la combinación de estilo directo e indirecto. ¡Qué arte tienes describiendo, mi arma! ¡Y qué bien puestos los tacos, jajaja! Can’t wait to read more. Un abrazo de bloguero a bloguero. cmg

Por Ángel Luis de Quinta Garrobo el domingo 13 mayo 2018 a las 07:47:06  

Pues no sabes la alegría que me das Carlos! Conociendo tu buen gusto por la literatura y por el arte en general… Gracias! Aunque siento que hayas leído el cuento de navidad pasada la semana santa, jejeje Un abrazo

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