Ángel de Quinta

Videy

martes 17 octubre 2017

Se calzó las zapatillas, descorrió las cortinas y se miró en el espejo del cuarto. Cogió la férula dental antes de que se le olvidara, la enjuagó cuidadosamente y la guardó en su estuche.

Volvió a revisar la maleta que llevaba tres días abierta y casi terminada. Después de ducharse y tomarse un té echó por fin la cremallera, examinó cuidadosamente cada rincón de la casa, el cierre de las contraventanas, la llave del gas y del agua, recogió la basura y cerró la puerta con la impresión de que se le olvidaba algo dentro. Algo importante. Esta sensación no era nueva, la tenía incluso cuando viajaban juntos, pero ahora parecía aún más aguda. Algo se olvidaba, estaba seguro, y no sabía el tiempo que tardaría en acordarse de qué era.

Camino al aeropuerto repasó lo esencial. Móvil, pasaporte, dinero en metálico, tarjetas de crédito. Echó un vistazo a su ciudad conforme se alejaba en el taxi con el extraño pero a la vez familiar presentimiento de que no volvería más. Iba mirando a la gente que hacía su vida diaria. El que compraba el periódico, el que salía de la frutería, entraba en el banco, aparcaba en doble fila o paseaba al perro… envidiándoles por no tener que montarse en un avión y pasar tres semanas haciendo cosas extraordinarias. Queriendo ser, por un momento, cualquiera de ellos.

Seis años ya desde que empezó a viajar solo. Seis años desde que ella no está, y sigue echando de menos cómo planificaba cada día, la ropa que se llevarían, la comida que comerían o el monumento que visitarían juntos. Reservar el vuelo, elegir alojamiento, cambiar moneda, acordarse de las guías y los mapas. Con la exquisita habilidad de que no se notara de qué forma lo controlaba todo, sin hacer evidente su torpeza o su desinterés en los asuntos prácticos. ¿Qué harás cuando yo falte? Ahora ya lo sabía.

Seis destinos. Uno por verano. Al azar, sin demasiado criterio, guiándose sobre todo por el tiempo, que no hiciera mucho calor. Todavía recuerda lo que sufrió visitando la ciudad de Matera, cómo caía el sudor por su frente empapando la gorra que ella le había regalado en su cincuenta y tres cumpleaños. Aquellas fueron sus primeras vacaciones solo desde que se conocieron, y no tenía ni idea de por qué decidió ir allí. Sabía que Italia siempre sería una buena opción, y había muchas zonas del sur que no habían visitado, pero no soportó ni el calor ni la gente. Igual le pasó en Split, un año después, demasiado ruido, demasiados turistas, mesas y mesas ocupando la calle llenas de familias o amigos gritando y brindando.

¿Será sólo uno? Sí, sólo uno, por favor. Y habitación doble de uso individual. La noche era lo que peor llevaba, llegar al hotel cansado de vagar por calles o museos y no ser capaz de conciliar un sueño profundo. Mirar la cama pegada a su cama tersa y solitaria como un lago helado, sin entender qué hacía allí. O despertarse de repente sin saber dónde estaba. Seis años sin saber dónde estaba, o quién era. Tendría que viajar a algún lugar donde no hubiera noche.

Colmar. El tercer año, ¿fue el tercero? Esa era otra cosa que había dejado de hacer, diarios de viaje. Ella siempre tomaba notas de todo, y guardaba los tickets, y los posavasos de los restaurantes y luego los grapaba a las páginas en las que enumeraban las excursiones, los nombres de cada ciudad, la fecha exacta… Sí, el tercer año que viajó solo hizo un recorrido por la región de Alsacia, y le gustó. No le gustaron los precios, pero la arquitectura era preciosa. Aunque no tenía fotos. De la cámara sí se encargó siempre, pero había decidido no hacer más fotos de paisajes sin personas, y ni estaba dispuesto a comprar uno de esos ridículos extensores ni a pedir a nadie que lo retratara. Lo que viera lo tendría que retener en su memoria. A partir de ahora, sólo mirar. Mirar solo.

Siempre quiso conocer la galería Mauritshuis de La Haya, donde están la Lección de anatomía del Doctor Tulp y la Joven de la Perla, dos de sus pinturas favoritas. Pero cuando fueron juntos, allá por el 97, estaba en restauración y se quedó con las ganas. Así que al año siguiente fue de nuevo a Ámsterdam y desde allí hizo algunas excursiones. Delft, Róterdam…

El año pasado volvió a España, esta vez al sur. Tenía ganas de bañarse en las playas de Cádiz y visitar la Alhambra. Sólo conocía Madrid y Barcelona, y aunque le espantaba el clima, le habían hablado tan bien de la comida…

Fue entonces cuando decidió no viajar más en verano, o si lo hacía ir cerca de algún glaciar. Y no, no era el calor lo que detestaba, sino el modo en que se comporta la gente cuando hace calor. El bullicio, la alegría estruendosa, la canción del verano en los chiringuitos de la playa.

Llegó a Reikiavik cansado del vuelo y de las escalas jurándose que sería el último viaje que haría, que ya no le compensaba tanto trajín. Aunque en cuanto salió del aeropuerto sintió un repentino alivio. El frescor del aire, la extraña luz, el silencio. Por fin había dado con un destino en el que apenas había ruidos. El ritmo de los viandantes, de los pocos que encontró, hasta los turistas parecían distintos. La cadencia de los días, la sensación del tiempo suspendido… Y la ausencia de noches.

La primera tarde que pasó en la ciudad, un día antes de alquilar el coche que le llevaría a dar la vuelta al país, le sorprendió algo que ya sabía pero no alcanzaba a imaginar. Eran las nueve y media, después de tomar una cena ligera, y la luz aún seguía siendo la de las seis. Y a las diez y media, y a las once. Se quedó sentado al lado de “El viajero del Sol”, la escultura con forma de barco vikingo frente a la bahía, mirando la caída de una tarde que no caía nunca, con los ojos puestos en las colinas al otro lado del agua, verdes y majestuosas, que parecían llamarle. Un grupo de japoneses se estaba haciendo un reportaje que no tenía pinta de acabar, y decidió volver al hotel dando un paseo. Se acostó a las doce y media vencido por el sueño, pero aún era de día.

A la mañana siguiente tomó un barco para cruzar hasta la isla de Videy, frente a la capital. Había algo en ese lugar que le atraía, tal vez la promesa de una calma aún mayor, no lo sabía de cierto, pero a pesar del enorme grupo de escolares que hacía cola en el puerto, decidió seguir adelante y echar el día allí. Además estaba impaciente por estrenar sus botas nuevas de trekking.

Los pasajeros se dispersaron pronto a la llegada, y las risas y los gritos de los niños se fueron diluyendo poco a poco en un profundo silencio. Empezó a subir colinas verdes salpicadas de unos postes negros de basalto que eran una instalación de un artista contemporáneo. Siguió su caminata hasta el acantilado desde el que se divisaba la ciudad y se tropezó con un monumento dedicado a John Lennon diseñado por su viuda. “Imagina la paz”, es su nombre. En ese momento pensó que por primera vez en un tiempo no tenía que imaginarla, la estaba sintiendo. Estaba solo dando la vuelta al tótem en el que figuraba esta frase en todas las lenguas. Pero no, no estaba solo.

Una mujer vestida con un chubasquero azul venía por el otro lado de la columna y sus miradas tropezaron brevemente. Se saludaron y ella le pidió por favor que le hiciera una fotografía. Mientras le daba su cámara reparó en más detalles. Unos cuarenta y ocho años, tal vez menos, pelo castaño revuelto por la brisa y húmedo por la fina lluvia que empezaba a caer, ojos marrones rodeados de unas finas arruguitas que se acusaron cuando sonrió para la foto. Tez pálida, aunque saludable, parecía una mujer fuerte, pero se veía delicada al mismo tiempo. Se fijó en sus botas de trekking, de la marca Columbia, la misma que las suyas.

Después de que le diera las gracias y de intercambiar unas pocas frases de cortesía -las que se dicen los viajeros solitarios en los lugares más recónditos-, se separaron. Él siguió andando hasta el otro extremo de la isla, buscando la mejor perspectiva del fiordo, llenándose del aire más limpio que había respirado en años. Miraba sus pasos entre la hierba mojada, uno detrás de otro, notando una energía nueva, algo a lo que no estaba acostumbrado.

En la cima de un monte divisó un banco de madera y decidió subir y sentarse un rato a mirar el paisaje. Llevaba caminando casi cuatro horas y empezaba a cansarse. Allí estuvo reparando en la extraña forma de las nubes y empezó a distinguir lo que parecía un arcoíris que no acababa de definirse. Entonces oyó pasos cerca y vio como la mujer del chubasquero azul se acercaba jadeante pidiéndole si podía sentarse un momento. Allí juntos, mirando a lo lejos a los niños de la excursión correteando detrás de los pájaros, respirando el olor de la tierra húmeda y mirando al infinito. En silencio. Con el rostro expuesto a un sol que casi no calentaba, allí mismo, a pocos centímetros de una perfecta desconocida,  tuvo el pálpito certero de que ya no tendría que viajar solo nunca más.

 

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Comentarios sobre Videy
Por Rubén Morato Páez el viernes 20 octubre 2017 a las 13:29:45  

Precioso viaje para encontrar el alma perdida

Por Ángel Luis de Quinta Garrobo el viernes 20 octubre 2017 a las 17:28:03  

Muchas gracias Rubén, nunca se sabe dónde se puede perder o encontrar un alma a la deriva

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