Esther Santos Tello

Esther Santos Tello

Mírame

viernes 30 diciembre 2016

Veía el trasiego de todos. Unos corrían despistados, ilusionados, confiados en que sus zancadas les llevarían más rápido a su ansiado destino. Otros caminaban sin levantar prácticamente los pies del suelo. También estaban los fantasmas, esos que cuando pasan a tu lado te hielan el corazón dejándolo encogido, ¿serán personas? Se preguntó.

Ella sabía que debía estar ahí, coger ese tren. Alejarse de tanto dolor y comenzar de nuevo. Sonrió para sus adentros, ‘comenzar de nuevo’ como si eso fuera posible. No se puede comenzar de cero cuando se parte de miles, de millones… Se debería aprovechar todo ese dolor para fortalecer la experiencia, el optimismo, la vida. Así lo hacía ella, también es cierto que de poco le servía, ya que siempre volvía al punto de partida. ¿Por qué puedo leer sus pensamientos? ¿Tendré poderes? ¿Acaso me estaré volviendo loco? Qué raro.

Ella: ¿Cuál es tu punto de partida?

Yo: ¿Me hablas a mí?

Ella: Claro, ¿a quién si no?

Me extrañó la pregunta, no por la pregunta en sí. Es que nadie se dirige a mí, nadie me habla. Todos me ignoran. No supe qué contestar. Mis manos comenzaron a sudar, mis mejillas adquirieron un rojo intenso. Creo que en ese preciso instante me enamoré.

Ella: ¿Qué? ¿No me vas a contestar? ¿Me ignoras?

Yo: ¡Eh! Yo, es que… ¿Yo? No sé… Verás…

Ella: ¿Que cuál es tu punto de partida?

Yo: ¿Y el tuyo?

Ella: ¿Eres gallego?

Yo: ¿Gallego? No, no entiendo

Ella: Nada, olvídalo, era una broma.

Yo: Es que no sé qué contestar.

Ella: ¿No sabes cuál es tu punto de partida? ¿Nunca te lo has planteado?

Yo: ¿La verdad? No

Ella: Qué raro eres.

Yo: Lo sé… ¿Y el tuyo?

Ella: (silencio prolongado) El mío, mi punto de partida es el punto preciso en el que estoy en cada momento. Considero que no hay que plantearse nada. ¿Para qué nos sirve plantearnos las cosas? Dime ¿para qué? Yo no sé qué estaré haciendo mañana, es más, no sé quién seré mañana. He pasado por tantos estados ¿Y para qué? Mírame. Mírame, míram…

Yo: Sí, sí, si te miro, te miro.

Ella: ¿Y?

Yo: ¿Y? No entiendo. Creo que eres demasiado profunda para mí.

Ella: No fastidies, hombre. Dime que ves. No te cortes. No es tan difícil, ¿no? ¿Dime? ¿Qué ves?

Yo: No se… es qué no sé qué decir.

Ella: No seas pánfilo, coño. ¡Un poco de sangre en las venas, hijo!

Yo: Es que… es que no veo nada.

Ella: ¿Nada?

Yo: Nada.

Ella: No ves nada, ¿no me ves?

Yo: No.

Ella: ¿No existo para ti?

Yo: (silencio) Perdóname, pero no, no existes.

Ella: No me pidas disculpas. Arréglalo. El único perjudicado eres tú.

Yo: ¿Yo?

Ella: Sí, tú. ¿No sabes de verdad quién soy?

Yo: No

Ella: Cierra los ojos. (un silencio mucho más prolongado). Soy esa madre a la que quisiste y de la que siempre te avergonzaste por no tener dinero para darte lo que otros tenían, esa madre que solo supo darte amor. Soy ese amigo que dejaste en el camino por no pertenecer a esa pandilla que te dio la espalda al cabo de los años. Soy esas mujeres que te amaron y utilizaste. Soy ese hijo que nunca quisiste tener por egoísmo. Soy esa anciana a la nunca miras por temor a ver reflejado tu futuro. Soy ese…

Yo: ¡Basta! ¡Cállate! ¡¿Quién eres?!

Ella: Lo sabes, sabes perfectamente quien soy. ¡Mírame!

La miré fijamente, profundamente, la cogí por la cintura, la apreté fuertemente contra mi pecho y la besé, la besé como nunca jamás besé a una mujer. Entonces lo supe. La miré de nuevo y  por primera vez, la vi.

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