María Rodríguez Velasco

El derecho a sonreír

martes 11 diciembre 2018

Le encanta el té rojo con miel y guarda cientos de bolsitas para infusión en viejas cajas de lata, adornadas con dibujos y flores, que han servido como costureros, cajas fuertes y álbumes de fotos en muchas casas de este país. Fueron la única herencia que le dejó su tía abuela Palmira. Eso me dijo, en algún momento. Ya no recuerdo si fue en un mensaje de texto o durante alguna de sus llamadas a media noche.

Lo cierto es que ahora, por esta autovía, me siento libre, desatada de todos esos lazos que yo no elegí, que fueron adquiridos por alguna extraña razón. Noté que me apretaban de repente, como el que se levanta una mañana y descubre que tiene el rostro y el cuerpo cubierto por la varicela o el sarampión. ¿Cómo pudo suceder?, ¿dónde me contagié?, ¿cuándo?, ¿por qué a mí?

El móvil no ha dejado de sonar desde ayer. Miro las llamadas, los WhatsApp, y sus súplicas me saben a las ampollas amargas que tomaba de pequeña, entre lágrimas y manotazos, que aquel médico me recetó porque estaba creciendo y necesitaba vitaminas.

He abierto la ventanilla, quiero sentir las sacudidas del viento frío en mi cara. Son mi flagelo y mi alivio por algún error que cometí en un minuto maldito, de una tarde de mediados de octubre, cuando entré en aquella clase de francés. Sonreí, saludé y fui amable, como de costumbre. No creo que haya nada de malo en ser agradable. Puede que, para mi bisabuela, el hecho de sonreír y mirar a un hombre directamente a los ojos fuera un atrevimiento. Para mí no puede serlo hoy en día.

Le sonreí, es verdad. Igual sonrío a Bernardo, mi vecino; a Flora, cuando trae a casa un melón de su huerta; al señor cartero cuando llama al timbre y le firmo una carta certificada; y al gato que, cada noche, se empeña en mirar las estrellas desde mi terraza. También, he sonreído al funcionario que me atendió en aquella oficina de empleo, y a la pareja que me orientó en aquella calle de Benavente, y al empleado del banco, y a la fotógrafa, y a la chica que me devolvió las llaves que había perdido, y al cura cuando me saluda en el pueblo… ¡Mea culpa, mea culpa, mea culpa!

Él parece un tipo corriente, callado, tímido, inapetente, distraído, curioso y de poca paciencia. Su sonrisa de autómata, sin labios y enseñando todos los dientes superiores, me pareció desagradable desde el principio. Su voz atiplada sólo le restaba autoridad en sus clases, aburridas, monótonas y cargadas de reproches. Él era el profesor y nosotros, solamente sus alumnos.

Voy a 120 kilómetros por hora, huyendo hacia mi nuevo destino; deseando incorporarme a ese trabajo que tanto he esperado. Es temporal, lo sé; al menos, me servirá para recuperar la cordura y despojarme de este extraño sentimiento de culpa, irracional y absurdo.

Un día, cuando apenas llevábamos tres semanas de curso, no se presentó y estuvimos esperándolo más de veinte minutos en la calle. No se puso en contacto con nadie, ni dejó una nota en la puerta disculpándose por el posible contratiempo que le podría haber surgido. Esa misma noche recibí su primer WhatsApp con una breve explicación al respecto e informándome acerca de la fecha de su regreso. Se lo conté a mis compañeros y, de nuevo, fui amable (craso error). Al parecer, aquello le dio pie a invitarme a un café, que yo rehusé con un pretexto no muy elaborado. Por ello, insistió y me propuso el siguiente fin de semana, a lo que respondí que me lo pensaría. No tenía mucho que pensar, pero no quería resultar antipática. No me caía bien, pues sus métodos consistían en seguir el libro de texto al pie de la letra, humillar al débil, burlarse de los errores de aquellos que estábamos aprendiendo y amenazarnos con las calificaciones finales.

Mi segunda negativa no fue tan bien recibida. A partir de ahí comenzó mi tortura, mis días encriptados, mis noches empapadas en sudor e imágenes indescriptibles: sonidos despellejándose, rostros surcados de grietas vertiginosas, animales con púas que olían a setas, bellotas que lloraban en medio de un jacuzzi de aceite y azúcar, vómitos que raspaban mi garganta y me robaban la voz… Ahí empezó todo y acabó mi plenitud. De nada sirvió que le contara que mi relación anterior me había marcado demasiado y que no me apetecía conocer a nadie en aquellos momentos. De nada, que le dijera un «no» con mayúsculas y multiplicado por mil.

Del «me gustaría conocer a una chica educada como tú» pasó al «desde el momento en que entraste por la puerta, me dije que tenía que hacer algo para llamar tu atención». Luego, siguieron los «¿por qué me cierras la puerta?», «estás tremenda, aunque seas mi alumna», «no me voy a rendir, voy a luchar y te esperaré», «a las mujeres no se os puede hablar con franqueza, ni mostraros lo que sentimos, pues perdéis el interés», «pásate por mi mesa mañana, que quiero darte algo», «a mí me dices que no, pero dentro de dos meses estarás con un guaperas», «te necesito, me importas demasiado», «¿me vas a ignorar?, ¿por eso no me contestas?», «eres fría, egoísta y calculadora», «no me dejes así, estoy sufriendo mucho» y un sinfín de cadenas que me retorcieron el gesto, la angustia y la tranquilidad.

He encontrado aparcamiento justo enfrente de mi nueva casa. Me cuesta llamarla así, ya que sólo estaré cuatro meses. Será un lugar de paso y mi búnker contra él. Él, a quien detesto sin ni siquiera conocerle. Él, que ha querido poseerme, como si fuera una valiosa antigüedad subastada al mejor postor, como un trozo de meteorito que viniera de lejos o como el último cromo que le faltaba a un álbum infantil, como si… como si no fuera nadie, al fin y al cabo.

Mi madre me ha despedido con lágrimas en los ojos, convencida de que era lo mejor que me podía pasar. Me ha rogado, al abrazarme y por lo bajo, que no le cogiera el teléfono por nada del mundo. Mi padre, que no sabe nada, me ha dado dos besos y me ha preguntado tres veces si llevaba la documentación y dinero suficiente. No estoy tan lejos, pero se habían acostumbrado a tenerme en casa.

Tiene un bonito balcón y, desde la calle, aún es más alegre. No subiré las escaleras con tantas maletas, cogeré el ascensor y así podré ver qué aspecto tengo. El rellano huele a limón (¡me gusta!) y me dijo el casero que contara con las vecinas para cualquier cosa. A mi derecha, Carmen, florista y coleccionista de imanes para el frigorífico; a mi izquierda, Ramona, viuda y viajera apasionada. En medio, yo, una treintañera ávida de experiencias y dispuesta a olvidar lo que sea menester.

Mi casa, mi salón, abro las persianas y el ventanal para que me inunde un poco esta nueva brisa y mis pestañas se sequen. Huelo las sábanas, apago y enciendo varias veces la luz de la mesilla, coloco la foto de mi pequeña Clara cerquita, cuento las perchas del armario (tengo que comprar más), abro la maleta y voy colocando la ropa. Creo que voy a hacer café… ¡Me muero por un trozo de chocolate!

Ni café, ni chocolate. Él en mi cocina, temblando y mascullando sinrazones, empuñando un arma de un calibre que no sé determinar, porque nunca me han gustado las armas, porque ni siquiera de niña jugué con pistolas de agua, porque nunca me planteé cuántas balas necesitaría un aficionado para atravesarme el corazón y hacérmelo pedazos. Me pide, en susurros, que me arrodille. No quiero hacerlo y se lo digo, como si no fuera mi vida la que está en juego. Niego con la cabeza y retrocedo. Cierra la puerta bruscamente y me aprieta contra la pared. Tengo una pistola cargada apuntándome en el estómago y su aliento huele a bestia. Su chepa parece la de un bisonte y, esta vez, no sonreiré… para que no haya malas interpretaciones.

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