María Rodríguez Velasco

Fénix

miércoles 18 enero 2017

Aquella ciudad no tenía ningún puente desde el que lanzarse y tampoco la nieve cubría el asfalto en los inviernos. La última vez que nevó tenía dos años y ni siquiera podía recordarlo. Existían fotos que lo corroboraban pero, ¿quién podía demostrarle que ella era aquella niña de nariz roja y manoplas en las manos que, embutida en un abrigo de  felpa, sonreía junto a su primo?

Caminaba con calma, sin prisa. Le extrañaba que su corazón latiera como siempre, que aún pudiera notarlo en el pecho. La niebla le estaba rizando el cabello y su espesura la empujaba a una especie de paréntesis espacio-temporal, donde esconderse hasta que sonara el teléfono o algún desconocido -entrometido e inoportuno- la sacara de allí.

Ya nada la retenía. La habían despedido el martes pasado, su mejor amigo se había casado y estaba de luna de miel en las Islas Fiji, su familia andaba repartida por toda Europa y, lo más doloroso, Ariel acababa de abandonarla. Aún se preguntaba cómo su beso de despedida le había resultado tan cálido y envolvente, si ya no la quería, si sus ojos ya brillaban por la anticipación de encontrarse con otra persona que no era ella (¿más alta?, ¿más inteligente?, ¿más joven?, ¿menos obsesiva?, ¿morena?, ¿enigmática y atrevida?, ¿con los ojos grandes y negros?…). Lo profundamente incómodo era ese deseo de guardar lo intangible, de traspasarlo de la mejilla a un pedazo de papel, al do-re-mi-fa-sol de alguna canción, a un frasco que contuviera todo el alcanfor del mundo.

Aún no había recogido las cosas del apartamento. Ignoraba de dónde sacaría el valor para empaquetar cada libro que él le había regalado, con las correspondientes dedicatorias y las vehementes convulsiones que habían ocasionado. Su única reacción fue descolgar, para hacer añicos, la inscripción en madera que custodiaba su frase; la misma que le dijo una tarde amarilla, en la oscuridad de un cine y con un cuenco de palomitas marcando las distancias: ‘contigo, cada instante, es un fotograma’.

Los niños correteaban por las aceras enumerando la lista de regalos que habían pedido a Papá Noel y a los Reyes Magos (en su época sólo se escribía a los últimos); media docena de abuelos disfrutaba con la idea de que hijos y nietos volvieran a casa por Navidad, mientras las luces en la calle la cegaban con destellos ajenos e ilusiones de otros. Pasó por la churrería donde, hasta hacía unos años, Ana, Simona y ella solían ahogar los sinsabores con chocolate caliente, buñuelos y porras recién hechas. Nada quedaba de aquella complicidad, tan sólo unas cuantas llamadas de cortesía en dos o tres fechas señaladas. Incumplieron la primera regla: ningún chico las separaría.

¿Cómo levantar la cabeza y buscar el horizonte, cuando todos tus huesos están rotos y esparcidos por el suelo? Se interrogaba, sabiendo con certeza que sólo sabrían responder aquellos que jamás se habían enamorado, aunque hicieran gala de ello. Había memorizado los pasos: buscar los restos, encajarlos, ponerlos en pie y comprobar que se mantenían solos, tambalearse, sujetarse, caminar, caminar y caminar. ¿Cuánto tiempo le llevaría esta vez?

Cinco jóvenes, cerca de la puerta de un centro comercial, cantaban el Silent Night sin instrumentos. En cualquier otro momento le hubiera parecido cándido y puro; pero no podía evitar situarse en el lado más oscuro de cada uno de ellos y tratar de escudriñar sus cloacas. La chica de voz angelical, que no tendría más de veinte años, estaría saliendo con alguno de sus compañeros; sin embargo, por la forma en que bajaba los párpados y suspiraba, podía adivinar la sombra de la infidelidad paseándose entre los componentes del grupo. Tampoco el muchacho de la barba sabía disimular la frustración y el desengaño en su rostro; una mueca de crispación fugaz e intermitente le desdibujaba la sonrisa y contraía su entrecejo, en un sostenido intento  de ocultar lo evidente.

La gente, formando un corro, echaba monedas de céntimos de euro; y algunos presumidos exhibían una simulada dicción, como si hablaran un perfecto inglés y en sus casas, en vez de Campana sobre Campana, en Nochebuena sonara de fondo Connie Francis o Frank Sinatra. Si no fuera porque notaba que iba muriendo por segundos, habría soltado una carcajada.

En un escaparate, dentro de una pantalla gigante, James Stewart rogaba a Clarence que le devolviera a su mujer y a sus hijos, que quería volver a vivir. No podía escucharlo, pero sabía de memoria esa escena. Entonces, se dio cuenta de que le sangraba el labio y aquello, lejos de alertarla, la hizo sonreír. Aún no estaba muerta del todo. Corrió hasta allí, arriesgándose a perder por el camino sus zapatos de tacón o, aún peor, a torcerse un tobillo en el desenfreno repentino. Se detuvo justo antes de estamparse contra el cristal. Petrificada y en blanco y negro, contemplaba cómo él subía las escaleras de aquella casa cuajada de corrientes de aire… y fue ella quien abrió la puerta, quien retiró con urgencia el pañuelo de su cabeza y se arrojó a sus brazos. James Stewart olía como su abuelo en las tardes de domingo, cuando cogía su sombrero y echaba a andar.

La única que se percató de aquella huída fue la chica de voz angelical, que prefirió callar y dejar que la mujer del abrigo rojo se fundiera en una secuencia sin pigmento, prescindiendo de lo visible para confundirse en la bruma.

Desde una esquina, Donna Reed permanecía quieta, advirtiendo los efectos del tecnicolor. Por una o dos horas, podía cederle Bedford Falls a quien lo necesitara.

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