La silla de Clara

viernes 25 noviembre 2016

La horquilla sólo sujetaba cuatro pelos de un mechón que, rebelde, había escapado para posarse sobre su frente. Nunca hubo manera de domar esos cabellos trigueños -ahora, del color de la canela-, por más inventos que ideábamos entre todos. Sus ojos grandes y oscuros eran el estandarte de la firmeza y, de repente, me dio miedo su seguridad. Cuando miraba hondo, podíamos anticipar cualquier seísmo y sus efectos colaterales. Ese silencio quemó mi respiración y hasta pensé que sería mejor echar a correr, antes que enfrentarme a sus palabras.

Me llamó con insistencia por la mañana, interrumpiendo el sueño que tanto necesito en estos días. No le advertí que estaba cansada, que me había hecho unos análisis después de una década sin revisiones médicas, que me dolía en alguna parte y no sabía dónde, que esperar resultados me volvía arisca y desconsiderada, que sentía pavor y no quería confesarlo, que quizás hacía mucho que no compartíamos un helado de chocolate, que no me encontraba en el espejo, que las arrugas bajo mis ojos eran un mal presagio. No le dije nada. Sólo escuché su atropellado «necesitocontárteloya» y salté de la cama, sin sábanas, ni pudor.

Abandonaba sus estudios de arquitectura, me comunicó con la emoción de una chiquilla de diecinueve años, cuyo horizonte no cubrían ni los colosales edificios de aquella parte de la ciudad, ni las múltiples razones que hubieran hecho desistir a cualquiera de nosotros, ésos que ya hemos sucumbido a la estabilidad y a la madurez. ¿Por qué?, ¿quién querría abandonar la relativa estimulación del campus universitario por un escenario, repleto de tropiezos, bambalinas descolgadas y guiones emborronados? Ella. ¿Cómo no me di cuenta antes?

Su padre se había enfurecido tanto la noche anterior que le había prohibido todo, con mayúsculas y sin excepciones. Su madre, mucho más comprensiva, le dijo que no se precipitara. Y ella, sentada frente a mí con las piernas cruzadas y manoteando -para subrayar los detalles-, tenía el brillo de aquella puesta de sol en Roma. La misma que me invade cuando me siento plenamente satisfecha.

Cuando cumplió siete años, le regalé un guiñol con marionetas y una caja de música. A partir de entonces, aquello supuso que se dirigieran a mí en su presencia como «tu retro-madrina». A ella le gustaba y a mí no me importaba demasiado. Por aquella época, los niños estaban atiborrados de tecnología; ya no dibujaban con ceras de colores, ni saltaban dentro de los charcos. Se pusieron de moda los libros electrónicos y los teléfonos móviles, al mismo tiempo que resurgieron los vinilos y los tocadiscos. Cada sábado, leíamos un cuento y después, lo representábamos, poniéndole voces e intenciones a aquellos títeres tan difíciles de manejar. Su guiñol era una especie de máquina del tiempo o mural donde plasmar fantasías extravagantes y absurdas. Una tarde de otoño se le ocurrió llevarlo al parque y, en uno de sus descuidos, desapareció. Ni rastro. Según me contaron, emprendió una búsqueda en solitario que le llevó a un mutismo absoluto. No lo encontró y tampoco lloró desconsolada. Jamás volvimos a hablar de ello. Hace un par de semanas me envió una canción que se titulaba «Cabaret Polichinela» y un mensaje inquietante: «Encontré a mis payasos en una esquina. No me guardan rencor».

Esperaba de mí una comprensión que no podía ofrecerle y, sin embargo, disimulé. Mi silencio desvió su mirada a la calzada y a sus impacientes vehículos, transitando a toda prisa por un asfalto gastado y rendido a la monotonía de los transeúntes. «Es mi vida, madrina, y necesito ser yo quien se equivoque o acierte en esto»… y aquello golpeó mis fingidas convicciones, como una voz retornada de algún pasado que tuve, hace siglos o millones de años.

Se había presentado a aquella prueba, después de varios intentos frustrados y coqueteos con grupos de teatro amateurs, sin confesárselo a nadie. La habían escogido para el papel de Ariane, en una adaptación de la novela de Claude Anet. Según ella, porque sabía tocar el cello; a mi parecer, no debía de ser ésa la única razón, aunque yo ya estaba acostumbrada a esa manía suya de quitarse importancia.

Cogí sus manos y las besé con toda la elocuencia que puede tener el afecto, cuando no se expresa con vocablos y se reduce a un gesto. En una servilleta le escribí «Yo siempre estaré ahí» y la doblé varias veces, guardándola en la cajita de caramelos de menta que guardaba en mi bolso. Sólo le pedí que siempre la llevara consigo y que la abriera cuando sintiera que le faltaba el aire, o cuando sus lágrimas le impidieran hablar.

Hace media hora que se fue, entre risas y pasos que todavía consiguen el equilibrio a duras penas. Observo su silla azul, con restos de puré de fruta y un patito de goma sobre el asiento. Las huellas de sus deditos empañan el cristal de la ventana y sería un sacrilegio borrarlas con limpiacristales. Ahora, me doy cuenta de que esa joven no existe, que la inventé mientras cometía el error de imaginar cómo sería su vida.

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Comentarios sobre La silla de Clara
Por Belén el lunes 28 noviembre 2016 a las 18:30:34  

Me ha encantado María! Me he visto tan reflejada que me he emocionado! Un saludo

Por María Rodríguez Velasco el jueves 01 diciembre 2016 a las 23:33:09  

Me encanta que haya sido así, Belén. Le tengo mucho cariño a este breve relato. Gracias por pasarte y leerlo. ¡Un saludo!

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