María Rodríguez Velasco

Serendipia

jueves 14 septiembre 2017

De camino al restaurante, había parado en una tienda donde vendían jabones perfumados. Sus formas y texturas eran tan variadas que resultaban apetecibles, casi daban ganas de acercarlos al paladar y probarlos. Parecían caramelos, trocitos de turrón, gelatinas con sabor a frutas, pastelillos de crema… Eran la perdición de su hermana, y tenía que pedirle un gran favor: que le prestara el coche un par de días. El suyo estaba en el garaje, después de haber viajado toda la noche. Quizás, así consiguiera persuadirla y que ésta no hiciera demasiadas preguntas.

Le gustaba conducir y, para sus trapicheos, prefería la noche. Las carreteras solitarias siempre le habían ofrecido la seguridad del anonimato, la impunidad del furtivo. Lo que hacía era ilegal, pero se había acostumbrado a arriesgarse. La venta de las píldoras crecepelo -que él mismo fabricaba y repartía a domicilio- estaba convirtiéndose en un fructífero negocio. Los clientes se multiplicaban, pues el remedio era efectivo y había devuelto la fe a más de un incrédulo. A pesar de todo y después de digerir -no sin dificultad- toda su frustración, aquellos años en la Facultad de Química estaban dando sus frutos.

El restaurante estaba a rebosar y el bochorno en la calle era insoportable. Los transeúntes husmeaban, como sabuesos, en busca de asiento y refugio en alguna terraza. La mezcla de idiomas y acentos, lejos de resultar una exótica atracción, le impedía pensar con claridad. Sostenía la bandeja en la palma de su mano por costumbre, pero le pesaban los brazos y los párpados. La mañana parecía una larga carrera de obstáculos; no tropezaba con ninguno, pero tampoco la meta se atisbaba en el horizonte.

Aquella risa lo sacó del marasmo y no pudo evitar mirarla. Puede que fuera el ser más puro y también, el más frágil de aquel rincón de la ciudad; al menos, a él le pareció así. Reía en cascada, tomando aire y soltando toda la alegría en cada suspiro. No era bonita, ni despampanante; aunque tampoco la hubieran elegido como extra en ninguna película, porque habría acaparado toda la atención, aun permaneciendo en un segundo plano. Poseía el don de la simpatía, de la cercanía, de la extravagancia humilde.

El tipo que la acompañaba era mucho mayor que ella -veinte o treinta años- y era su antítesis; tenía la palabra ególatra tatuada en la frente. De lejos, se adivinaba la arrogancia en sus gestos y aspavientos innecesarios. Tomaba té negro con leche y había exigido que le sirvieran dos vasos de agua -de idéntico tamaño-, para completar el ritual que seguía cada vez que comía con alguien. Podría ser su padre, pero su actitud hacia la chica era la de un sátiro refinado: la devoraba con la mirada, pero mantenía la afectación de los esnobs. Su aspecto era el de un fantoche presumido. Sus pies -demasiado grandes para su estatura- estaban enfundados en calzado de charol acabado en punta y su ropa era cara. Su pelo, abundante y teñido de negro, no parecía sufrir los estragos de la edad; probablemente, no llegaría nunca a demandar sus productos capilares.

Ella levantó la mano para avisarlo, como si agitase un pañuelo blanco en una despedida. Querían el postre. Él había optado por las natillas caseras y la vigilaba, celoso, como si pedir un helado o una cuajada a un camarero pudiera convertirse en un código secreto entre dos hipotéticos amantes. Se decantó por la mousse de chocolate y recibió un zarpazo que arrasó todo el brillo de su mirada. Sonó a acusación ese «deberías pedir otra cosa porque estás engordando» y le hubiera vertido una jarra de cerveza encima a aquel presuntuoso, con tal de mancharle sus ínfulas y agujerearle su fingida autoestima.

Ella se excusó y rehusó tomar nada más. Se dirigió al baño y no cerró la puerta. Pudo verla ante el espejo, luchando consigo misma; amordazando, quizás, el vómito que se precipitaba desde el volcán de sus entrañas. No derramó ni una lágrima. No hizo falta. Mientras, el pseudointelectual saciaba su insatisfacción en las redes sociales, con el móvil entre las manos, ajeno al desgarro y a todo lo que no estuviera centrado en sí mismo.

 

 

– Marta me ha contado que te van a publicar un libro de relatos. –

– Bueno, aún no es seguro. –

– Yo tengo el comienzo de uno: una joven, en una terraza. Verano. Turistas. Una huida hacia adelante en el lavabo de un restaurante. –

– ¿Me recuerdas? –

– Sobre todo, por el personaje que tenías al lado. –

-Claro… Debiste pensar que era una estúpida.-

-El estúpido era él. –

-Y yo, también. No es muy difícil darse cuenta de que una está perdiendo su identidad. Acepté la condición de florero, de trofeo que es exhibido a la multitud. –

– Ese amigo tuyo… o lo que sea… se comportó como un indeseable. –

– Era mi profesor… y el peor error que he cometido. –

– «Soy escritor, pero nadie es perfecto», dijo… –

– … dijo Billy Wilder. –

– ¿Tiene título? Me refiero a tu libro. –

– Sí, se titula «Quiero Mousse de Chocolate». –

 

No había vuelto a pensar en ella hasta hoy, que su hermana se la ha presentado por casualidad. Ha olvidado su nombre; sólo sabe que la tiene delante y que le gusta escribir.

 

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