Mario Hernández

Papelera de Reciclaje #3

miércoles 01 febrero 2017

 

Mi abuela Concha, bautizada Concepción por un fervor más tradicional que religioso, habría cumplido 98 años este 22 de enero. Tres días antes de esta pasada Nochebuena se nos fue, en silencio y tranquila, en la misma cama donde pasó gran parte de su vida, al lado de su marido, mi abuelo, y toda otra vida, cuando él nos dejó, hace mucho, demasiado tiempo. Más de una vez, de pequeño, dormí yo en esa cama también. Y creo que nunca, jamás, he dormido tan bien. Tan despreocupado, tan protegido. Tan feliz.

Se fue sin dolor, y con la cabeza en su sitio, que más de uno ya firmaríamos por echar el telón así. Un mutis muy en contra del estilo de mi abuela, que le encantaba manifestar sus múltiples y muy variados dolores. Quién iba a reprochárselo, en su derecho estaba, faltaría más; los bebés lloran, los abuelos se duelen, nosotros tenemos Feisbu. Cada uno hace lo que puede para llamar la atención, para ser atendido y querido. Pero es verdad que cuando Concha se ponía soberbia, le salía una vena dramática que ríase usted de Margarita Xirgú. Que los tenía bien puestos, vaya. Desde luego hay que tenerlos para vivir casi veintidós años sin la persona que había sido toda su vida, y que un infarto al que nunca perdonaremos le arrebató, nos arrebató, insultantemente pronto, curiosamente también en fechas navideñas (las navidades en Almansa son la mar de dickensianas). Yo tenía casi siete años; mi abuela setenta más. Pero los dos éramos muy jóvenes para eso, no estábamos preparados. Yo sigo sin estarlo.

Mis abuelos, Juan y Concha, se hicieron novios poco antes del 36. No pudieron casarse hasta 1949. Trece años de noviazgo son muchos incluso para entonces, dándose el sí quiero a una edad en la que lo normal era ya tener varios churumbeles. Pero, claro. España en esos años fue de todo menos normal. Con diecinueve veranos, y todo un pimpollo, mi abuelo se fue a la guerra cual Mambrú, mientras mi abuela veía desfilar a los brigadistas del frente de Albacete, y el país se hundía sangrienta y dolorosamente en una mierda que todavía tenemos pegada a los zapatos. En el 39 terminaba el ensayo general, y comenzaba el show de verdad a nivel mundial, España se partía en mil pedazos que huían por Francia, o desde el puerto de Alicante, o se quedaban aquí a sobrevivir a la victoria, que no a la paz (ya lo decía Agustín González en Las bicicletas son para el verano), y mientras, a Juan le condenaban no a una, sino a dos, condenas de muerte. Afortunadamente, el funcionariado español, aunque sea militar, no tiene la fama que tiene de forma inmerecida, y los días pasaban en la prisión provincial de Córdoba, mientras mi abuelo y otros presos montaban obras de teatro para pasmo de sus carceleros. Hay varias fotografías del reparto de esas funciones, que mi abuelo enviaba a su prometida, esperando cual Penélope a kilómetros de distancia. Una de ellas, que pertenece a la representación de “El fotógrafo en apuros”, y que acompaña este escrito (mi abuelo es el segundo por la izquierda), venía con esta nota al dorso: “Un día que me acordé muchísimo de ti. 12-IX.41”. Me gusta imaginar a mi abuela, fotografía en mano, yendo por una Almansa de posguerrra con la cabeza muy alta, mostrando a todo quisqui a su novio actor.

Juan nunca pudo llegar a ver hasta qué punto había transmitido la vena farandulera a su nieto, aunque según testimonios yo ya apuntaba maneras de mamarracho y cuentista desde bien enano. Su mujer, que en los últimos años incluso había aceptado que me dedicara a esto en vez de a una profesión seria, sí pudo verme en alguna que otra cosa, entre ellas un montaje del Teatro Universitario de Alicante titulado “Abuelos”, y donde yo interpretaba, es un decir, a un soldado separado de su novia en algún lugar de la España de los años 40. Cosas de la vida. Y del teatro, claro.

Dos semanas antes de este 21 de diciembre que amaneció, por primera vez en casi un siglo, sin Concha, fui a verla, y en la misma cama que ya he mencionado echamos juntos una larga siesta (siestaca, que se dice), y hablamos de varias cosas (de algunas de ellas incluso varias veces, que la memoria bien pero a corto plazo recordaba a la Dory de Buscando a Nemo) y, por supuesto, de mi abuelo, de su marido, de esa ausencia tan profunda como inmensa es su presencia, constante, invisible pero palpable. Y más tarde, volviendo a Madrí, me lamentaba, con ese dolor agudo por dentro que nunca se termina de ir, de no haber aprovechado más estos veintiocho años míos en preguntarle más cosas, o todas, de ella, de mi abuelo, de su vida, de la vida entonces. Qué hacían, qué pensaban, qué comían, qué sentían. Qué. Intimidades de todo tipo que la escandalizaran y se negara a contestarme.

Y me preguntaba, y aún me pregunto, por qué no lo hice. Por qué no seguí el consejo de amigos que quiero y me decían que agarrara una cámara y grabara todo lo que mi abuela tenía que contar. Por qué, queriendo saber, nunca quise saber. Y el miedo es la única excusa que se me ocurre. Miedo al dolor. Al dolor de recordar, y hacer hablar, de unos años, una vida, una guerra, una felicidad. Miedo al dolor de mi abuela, al mío. A reabrir, o al menos palpar, cicatrices.

La memoria es siempre dolorosa.

Por eso los vídeos que sí le grabé son un tesoro. No porque cuente nada significativo, interesante, o iluminador; tampoco por verla, que tengo su rostro, sus arrugas, su tacto, grabado a fuego; sino por su voz. Esa voz, que sólo es de Concha, y que no consigo, por más que lo intente, poner a mi abuelo. A veces, en sueños o soñando, que no es lo mismo porque lo segundo se puede hacer despierto, parece que viene, la oigo y estoy convencido que es la suya. Pero pronto se esfuma y sólo siembra duda. Una voz que se calla miles de cosas que quisiera saber, una voz que tendría tanto que contar sobre nuestra historia, y que ahora sólo podemos tener en la cabeza sabiendo que a veces puede ser traicionera, que no es ella la que nos habla directamente, sino que cuenta lo que nos contaron, lo que recordamos, lo que creemos recordar.

La historia, que es la abuela de todos nosotros como Concha lo era mía, muere y desaparece. Y sólo recordarla no es suficiente para mantenerla viva, porque el recuerdo viene muchas veces tergiversado, alterado, sea por dolor, por interés, porque a veces recordamos cosas que ni siquiera sucedieron. Nuestra obligación, y quizá más que nadie la nuestra, los que nos dedicamos a esto de contar historias, es comprenderla, conocerla, transmitirla. Y, sobre todo, ponerle voz.

Por muy dolorosa que nos suene esa voz.

 

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Comentarios sobre Papelera de Reciclaje #3
Por Irene el sábado 08 abril 2017 a las 17:35:08  

Se me ocurre que pueda ser, también, por pereza. Por esa suerte de soberbia del joven, al que puede que le interese el pasado pero su energía no le deja parar al ritmo de un viejo. Siempre se les echa de menos.

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