Ángel de Quinta

Un hombre desnudo

viernes 31 marzo 2017

Y era invierno. Una tarde de invierno en Granada. Sin los zapatos que nos protegen del chino en el suelo, sin la camisa que cubre el pecho ni el pantalón que oculta las vergüenzas, sin vergüenza. Nada, una cesta vacía en la mano, o un cubo, algunas veces sale con un cubo vacío.

No es un artista callejero, ni otra de esas “street performances” que hacen que las avenidas parezcan circos de fenómenos de la naturaleza. No es un espectáculo más. Sí lo es la reacción de la gente que lo ve pasar, sí lo fue mi reacción. Las miradas, los codazos, la risa nerviosa, el miedo a que lo siguiente fuera una agresión, al impulso imprevisible de un loco suelto por la calle.

Es curioso el efecto que nos provoca el desnudo de los demás, siendo que ya tenemos años para estar acostumbrados al nuestro propio. Pero ver a alguien en cueros vivos en público saca cosas inesperadas de nosotros mismos, el pudor infantil que creíamos haber perdido décadas atrás que vuelve de repente. Mucho más cuando se trata de un hombre, claro, estamos menos acostumbrados.

Novatos en una playa nudista –pobres textiles expuestos a la luz por vez primera-, visitantes en un museo o espectadores en un teatro. Yo lo he sido todo. Hace unos años caí por casualidad en la exposición The artist is present de Marina Abramovic. Había que atravesar una puerta flanqueada por los cuerpos de un hombre y una mujer que casi no dejaban espacio al tuyo propio. Rozar sus partes, oler sus olores, sentir el calor, casi los latidos. Una experiencia interesante, sobre todo cuando está desprovista de todo matiz erótico o sexual. Y lo mismo da que fuera en el MOMA o en la plaza de mi pueblo, las reacciones de la gente –paletos con ropa a fin de cuentas- era la misma.

O en El Público del Teatro de la Abadía el año pasado. Una función bestial, un texto bestial, palabras y cuerpos desnudos literalmente y a pie del patio de butacas. Y el público queriendo disimular su asombro, perdiendo el hilo de un texto por otra parte endemoniadamente complejo, mal reprimiendo risas nerviosas, incluso haciendo algún chiste en voz baja o lamentando no poder sacar alguna foto con el móvil. Y eso que estábamos en la Abadía, que si se hubiera tratado del Reina Victoria… Cómo le hubiera gustado a Federico estar allí, fijándose en los ojos de cada uno, y en todo lo demás, también te lo digo.

Desnudos públicos ha habido muchos, la mayoría de ellos buscando el impacto en los medios. Desnudos reivindicativos en las puertas de las Plazas de Toros, o en medio de una gala de premios donde la gente va más vestida que nunca. Célebre es la imagen de aquel que hizo streaking en plenos oscars ante la mirada perpleja de un flemático David Niven. O el campanazo de Sébastien Thiéry en los premios Molière cuando soltó, en pelota picada y ante la ministra de cultura, un manifiesto contra las precarias condiciones laborales de los actores franceses. Claro que si eso lo tuvieran que hacer los actores españoles, el que iba a protestar sería el gremio de sastres, porque no quedaría ni uno vestido.

Y desnudos escandalosos, atrevidos, provocadores, como el de Victoria Vera en ¿Por qué corres, Ulises? de Antonio Gala, o el cast al completo del musical Hair, dejando al respetable con la boca abierta y sin saber a dónde mirar. Pero eran los setenta, cuando todavía importaba más lo poco que tenías que ganar que lo mucho que tenías que perder.

Y Lady Godiva desafiante a caballo, y hasta aquél Caballo desnudo de José Luis Sampedro, o el emperador de Christian Andersen vestido con un traje de nada. Desnudos que querían poner de manifiesto la estupidez humana, los prejuicios, la ignorancia y los miedos del populacho.

Olmo no tiene miedo. Porque se llama Olmo, nombre de árbol desnudo. Un árbol alto, de tronco fuerte y hoja caduca. Olmo García. El enigmático hombre desnudo tiene nombre y apellidos, y dirección, y pasado. Como cualquiera. Como todos los que estorban nuestro paso pidiendo limosna o vendiendo pulseras. Hay algunas noticias publicadas a raíz de haber sido detenido y soltado varias veces. Y es que en Granada, cosas que pasan, no hay una ordenanza que prohíba ir en bolas por la vía pública.

Pero son noticias vagas. Varón de 33 años, empresario de profesión, con sus facultades mentales en perfecto estado (si es que existe el perfecto estado de la facultad mental), barba oscura, pelo largo, ojos negros. 33 años, barba y pelo largo… no va por ahí la cosa, que también podría ser, pero parece que no. Olmo García no es un fanático religioso, ni un mendigo, no pide nada a nadie. Camina por los alrededores de la Alhambra o por el Paseo de los Tristes con la mirada apoyada en el infinito y una especie de media sonrisa, como la de las estatuas etruscas. No es una mirada triste, es más bien serena. Creo que la única mirada serena que vi a mi alrededor cuando me lo crucé el otro día.

Es empresario, dicen que tiene tres tiendas de productos dietéticos en la ciudad, y que aboga por la exposición al sol y al aire como la mejor terapia contra las enfermedades del cuerpo y del mundo. Porque el mundo está enfermo, lo sabías ¿no? Y Olmo lo sabe, y no le ha quedado más remedio que tirarse a la calle como lo parieron para pedir paz. Afganistán, Siria, Iraq, el primer mundo y el tercero, las injusticias, los abusos de las eléctricas, la contaminación que nos asfixia por lo bajini, el sistema esclavista que regresa sin que nos demos cuenta, la violencia que nos rodea…

Pero nadie habla de quién de verdad es. He buscado y no hay mucha más información. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Cuándo decidió salirse de la peña de los cuerdos? ¿En qué momento se desconectó -o se llegó a conectar de verdad- eso que nos mantiene con la ropa puesta ante los demás?

Nadie nos cuenta mucho sobre su deriva. Ni sobre lo que sintió cuando de niño se burlaron de él, cuando no creyeron en él, cuando lo decepcionaron. Ni sobre el día que decidió dejar aquella carrera tan aburrida en la que se metió por agradar a su padre, ni cuando lo abandonaron (dicen que su pareja lo dejó no hace mucho, normal la pobre), ni cuando se enamoró como un loco, ni cuando le partieron el corazón. Tampoco habla nadie de aquel día en que se desnudó por primera vez en la playa, o en el campo, y se sintió feliz por fin. Tal vez simplemente era un hombre desnudo encerrado en el cuerpo de un hombre vestido. Vete a saber. Para mí es sólo alguien que hace lo que quiere hacer. Llámalo exhibicionista, que lo será, pero no hace daño a nadie. A mí no desde luego.

Y parece no tener frío –que no haría más de cinco grados cuando lo vi-, ni miedo. Ya nada más por eso admiro a Olmo García, un tío capaz de quitarse el miedo y el frío con un mismo acto, y déjame decirte cómo cambiaría todo, absolutamente todo, si pudiéramos librarnos de ambas cosas de forma tan simple.

Igual que él se libró de la chaqueta que lo angustiaba, la camisa que le estorbaba, la corbata que lo ahogaba, el cinturón que lo amarraba y el pantalón que le impedía caminar. Y de los zapatos que no le dejaban sentir la tierra, y del maletín que le pesaba cien kilos, como mil pesaba el móvil, y del pañuelo en el bolsillo y la cartera llena de plástico. Y del reloj en la muñeca empujándole  más deprisa al precipicio, y de las gafas de marca que le impedían verlo todo, como todo lo vio el día que se desprendió de su vestimenta y se echó a andar –libre y desnudo- por las calles de Granada.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Comentarios sobre Un hombre desnudo
Por Fernando Solano el lunes 17 abril 2017 a las 17:56:11  

Al día siguiente lo vi vestido. El texto genial como siempre, diciendo verdades como puños.

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